
Potencial ahogado
Read in English →Hay un callejón que cruza la cuadra sobre la calle East Pike, entre Harvard y la avenida Broadway. Tan solo a dos cuadras de ahí hay una banqueta sobre la cual algún urbanista pensó que debería haber, cada diez pasos, un árbol y una piedra. Cada árbol y cada piedra emparejados en una isla de tierra dentro de un mar de concreto.
Un día de invierno, en ese callejón, en un basurero comercial, rodeada de la basura de un bar, de jeringas usadas y del gélido mundo entero, una ratita bebé abrió los ojos por primera vez. Un lluvioso día de invierno, no mucho tiempo después, demasiado poco tiempo después, al lado de un árbol y de una piedra, en una isla de tierra, una ratita bebé se fue a dormir por última vez.
¿Será más tentador pensar en lo que vivió la ratita bebé durante su breve tiempo con nosotros? ¿O será mejor pensar en lo que la ratita habría vivido si un mundo apático no hubiera negligido ni traicionado tan cruelmente a su criatura más vulnerable? ¿Qué hubiera logrado? ¿Qué tan feliz habría sido?
Verás, la ratita bebé escarvaba ansiosamente en los basureros en busca de comida. Las ratas bebés tienen corazones pequeños que siempre laten ansiosamente. La ratita bebé no buscaba reconocimiento, camaradería, éxito ni siquiera amor. Los corazones de ratita bebé son demasiado pequeños para eso. No, la felicidad de la ratita bebé, si se le puede llamar así, se manifestaba en aquellas ocasiones en que, por un momento, cesaba su inquietud por satisfacer sus necesidades.
Debió haber satisfacción cuando bebía de los pequeños charcos que se formaban entre la calle y la banqueta durante el chubasco de media hora a las cuatro de la tarde que, a unas diez cuadras de distancia, provocaría el retraso de algún autobús, haciendo que algún padre o madre llegara tarde a recoger a su hijo del entrenamiento de fútbol, otra vez.
Debió haber habido júbilo cuando roía un pedazo de salchicha que se le había caído a algún estudiante ebrio en el camino entre un bar y el siguiente, donde esperaba finalmente conocer a alguien que le gustara, a quien también le gustara, pero acababa incómodamente sosteniendo una bebida en la esquina toda la noche, regresando a casa solo y angustiándose por estar demasiado triste para llorar.
Debió haber habido calidez cuando durmió compartiendo una cobija mojada y rota con un vagabundo que se detuvo a un miligramo de una sobredosis porque el mundo es grande y el dolor que brinda es aún más grande, y cuando vives al aire libre tu casa es tan grande que la soledad es aún más grande, y cuando no hay nada que alguien esté dispuesto a hacer para salvarte, tienes que encontrar maneras de hacerla más pequeña. Tu corazón no es pequeño como el de una ratita bebé; entonces late más fuerte y más lento, y si busca reconocimiento, camaradería, éxito y amor, siente dolor, anhela y simplemente no entiende por qué no puede obtenerlos.
Un día hacía demasiado frío y la ratita bebé encontró un lugar donde dormir. Al lado de una piedra, al lado de un árbol, en una isla de tierra dentro de un océano de concreto para que la piedra, el árbol, la rata, la tierra y el concreto no durmieran solos. La ratita bebé era inocente y merecía tener todas estas cosas para protegerla. Merecía que estas le demostraran por qué algo, muchos, muchos años antes de que todo esto existiera, se movió como tenía que moverse para que la ratita bebé, eventualmente, respirara por primera vez.
Aquella noche llovió demasiado. La rata que debió haber despertado acompañada y protegida permaneció dormida, esta vez para siempre, acogida por el agua que debió haber saciado su sed y, en su lugar, hizo lo que hace el agua: ahogó sus pulmones porque pudo. Pudo porque había espacio en ellos y al agua no se le puede negar su espacio. La ratita bebé fue herida por la ciudad encomendada con su protección, la ciudad que le había provisto charcos de los cuales beber, pedazos de salchicha para roer y cobijas mojadas y rotas bajo las cuales dormir. La ratita bebé nunca tuvo oportunidad.
Al día siguiente, mi perro encontró, tumbada en un charco, una rata descansando en paz, ni un mes de nacida, que había vivido una vida acotada a dos cuadras de ciudad. Mi perro intentó saludarla. “No, chaparro, hay que dejar a la ratita descansar. Se lo ganó.” Seguramente se lo ganó. Se merecía algo mejor de este mundo. Mucho, mucho mejor. Mi perro y yo la velaremos mientras podamos, mientras nuestro mundo no se haga demasiado grande y no la olvidemos.
Uno se pregunta lo que habría hecho una ratita bebé, sin ser ahogada ni herida, ni agobiada por la insensibilidad sin sentido del mundo que la engendró, si le hubieran permitido despertar a escarbar y rebuscar una vez más. Y el día después, y el día después.
Supongo que nunca lo sabremos y eso me parte el corazón.
Ahora me iré a dormir en una cama, alzada unos ocho pisos por encima del árbol, de la piedra, de la isla de tierra, del concreto y de los charcos. Mañana, una vez más, escarbaré y rebuscaré. Y el día después, y el día después.